A propósito del Acuerdo Comercial Recíproco con EE. UU., creo que el Ecuador, como país y como sociedad organizada, debe acostumbrarse a competir en todos los órdenes de la vida. Este sería, o debería ser, el principio rector. Le iría muy bien a todos los ciudadanos: en un ambiente de mucha competencia usualmente se recibe lo mejor en todo. Y esto es lo que hay que asegurar.
Es que, al igual que los deportistas crecen y demuestran su evolución cuando participan en competencias, de la misma manera lo pueden hacer todos los sectores productivos del país. Claro que hay que prepararse, formarse, «alistarse» para entrar al mercado mundial y competir con éxito; después de todo, hay que posicionar un producto, una marca frente a consumidores desconocidos. Pero se debe hacer. Es la única manera de entrar.
Es fácil recordar cómo era nuestra selección de fútbol 30 o 40 años atrás y dónde está ubicada ahora: antes solo participaba y peleaba los últimos puestos. Ahora compite para ganar y alcanzar lugares estelares, y algunos de sus jugadores son figuras mundiales. ¿Cómo lo hicieron? No de un día para otro, sino con innovación, esfuerzo, dedicación y sacrificio. Y esa es exactamente la fórmula. No hay otra.
Nuestros productos estrella en el comercio mundial —camarón, banano, flores, atún y ahora cacao— no necesitaron de padrinos para convertirse en líderes mundiales: se requirió, eso sí, de empresarios creativos, ingeniosos, sacrificados y estudiosos de mercados foráneos para llegar con la calidad de sus productos al mundo. Igual lo hacen determinados empresarios de productos industrializados que el Ecuador también exporta.
Allá, «donde las papas queman», sobrevive no el que tiene más influencia, ni el que tiene un «apellido histórico», ni el que pertenece a un partido político o a una ideología determinada. Nada de eso: sobrevive el que, con su producto o servicio, puede satisfacer al consumidor ahora y siempre. Eso es todo.
Pero este proceso de competir en el mundo no quiere decir que se llegó una vez y ya está capturado el mercado. Para nada: siempre se requiere modernización, estar atentos a los hábitos del consumidor y vivir en un modelo de mejora continua, lo que obliga al empresario a ser cada vez mejor y más eficiente. Así es como mejora él, su producción, se mantiene el empleo y se beneficia el país.