Errores que desgastan tu poder personal y cómo evitarlos – La Voz del Altiplano

La política y la gestión pública no se debilitan solo por la falta de recursos o por presiones externas. Muchas veces, los mayores daños nacen de actitudes internas que, casi sin notarse, erosionan la confianza, la eficacia y la legitimidad de quienes gobiernan. Son males humanos, frecuentes y peligrosos, que pueden aparecer en cualquier autoridad y que, si no se reconocen a tiempo, terminan pasando una factura muy alta.

Uno de los más comunes es la soberbia. Cuando una autoridad cree que su cargo la coloca por encima de la crítica o del error, se cierra al diálogo y pierde contacto con la realidad. La soberbia convierte la toma de decisiones en un acto solitario, desconectado de la ciudadanía y de los equipos técnicos. Gobernar sin escuchar suele ser el primer paso hacia el fracaso.

Relacionado con ello aparece el egocentrismo, que transforma la gestión pública en un escenario personal. Cuando el «yo» reemplaza al «nosotros», las políticas dejan de responder al bien común y pasan a servir a la imagen, al protagonismo o a la conveniencia individual. El resultado es una administración más preocupada por la apariencia que por los resultados reales.

Otro mal frecuente es creer que se lo sabe todo. Esta actitud anula el aprendizaje, desprecia la experiencia ajena y minimiza el valor del conocimiento técnico. Ninguna autoridad, por preparada que esté, puede dominar todas las áreas que implica gobernar. Negarse a asesorarse o a corregir rumbos es una forma silenciosa de irresponsabilidad.

Las vanidades también desgastan la gestión. La obsesión por el reconocimiento, los aplausos o la exposición mediática suele desplazar las prioridades verdaderas. Se invierte tiempo y energía en lo visible, mientras los problemas de fondo se postergan. La política pierde profundidad cuando se gobierna para la foto y no para el impacto.

A estos males se suman la intolerancia a la crítica, la improvisación constante y la incapacidad de asumir errores. Todos tienen algo en común: nacen de olvidar que el poder es un encargo temporal, no una propiedad personal.

Reconocer estos riesgos no es un ataque a la política, sino una defensa de ella. La humildad, la escucha activa y la autocrítica no debilitan la autoridad; al contrario, la fortalecen. Gobernar bien empieza por entender que nadie está libre de errores, pero sí es responsable de aprender de ellos.

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