Pensándolo bien, los therians no deberían ser para los ecuatorianos algo desconocido sino una condición normalizada dentro del ecosistema político. Veamos, la justicia es un camaleón albino: presume ceguera, pero ve perfectamente cuando le conviene. Cambia de color según el apellido, el partido, el padrino o la amenaza. Estos reptiles archivan causas con precisión quirúrgica, postergan sentencias con paciencia burocrática y castigan con saña selectiva. Muestran ferocidad con el débil y sumisión frente al poderoso.
En la Asamblea Nacional están los therians monos aulladores con micrófono, rodeados de loros repetidores y oportunistas. Gritan más de lo que piensan y negocian más de lo que legislan. Trafican con el voto, monetizan la crisis y convierten la tragedia nacional en espectáculo. Mientras el país sangra, ellos discuten egos, formalidades y pactos inconfesables. No representan al pueblo: lo usan como escenografía.
El Ejecutivo es un Therian No Identificado. Una criatura política sin forma definida, sin rumbo claro y sin identidad de gobierno. Un ente que muta según la encuesta o el trending topic. Un poder que oscila entre la improvisación y la inacción estratégica. Anuncia como si gobernara, gobierna como si ensayara y decide como si temiera. Su discurso corre a la velocidad de las redes; su gestión, a la lentitud del miedo. En seguridad llega tarde, en economía duda, en política titubea.
En este pantano ideológico prosperan dos especies ruidosas: las therians ovejas. Fanáticos, un buitre nostálgico que se alimenta del pasado, maquilla censura, persecución y endeudamiento como «década ganada». Y el noboísmo, therians que se creen un pavo real, convencido de que el poder llega por suerte y no se construye con gestión. Ambos viven del odio, la polarización y la mentira. Sin confrontación, se extinguen.
Pero el verdadero soberano de esta jungla no da discursos ni concede entrevistas: es el jaguar negro del narcotráfico. Silencioso, omnipresente, letal. Controla barrios, cárceles, puertos y rutas internacionales. Financia campañas, infiltra jueces, compra policías, amedrenta fiscales y convierte niños en sicarios. Mientras los políticos pelean por cámaras y micrófonos, el jaguar avanza, marca territorio y cobra vidas. Es el único poder real que no debate: ejecuta.
Y cerrando el círculo aparecen los parásitos, therian rastrero que no depreda: se adhiere. No caza, chupa. No investiga, drena. Se incrustan en el poder como garrapatas en la piel, succionando pauta, favores, contratos y privilegios. Viven de la sangre del erario y de la anemia ética. Maquillan cadáveres, edulcoran masacres, convierten la tragedia en normalidad y el colapso en estabilidad. No informan: anestesian. No fiscalizan: encubren. Su función no es contar la realidad, sino impedir que esa realidad duela.