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El fuego no avisa. Aparece. Avanza. Y cuando se va, deja algo más que cenizas: deja historias. En Tarqui dejó dos.
Durante años, cerca al mar, los tanques de combustible de CEPE formaron parte del paisaje. Eran tres: enormes, silenciosos, rutinarios. Desde los barcos, el combustible llegaba por tuberías y mangueras hasta tierra firme. Todo parecía bajo control. Pero no lo estaba.
El sistema funcionaba… hasta que falló. El 19 de julio de 1990, a las 16h40, falló. Un error en el proceso para separar el agua de mar del combustible hizo que la mezcla comenzara a desbordarse. Las válvulas se abrieron más de lo debido. El líquido avanzó sin control, se filtró hacia el exterior y terminó corriendo por la calle.
Era cuestión de tiempo. La chispa llegó. Nadie supo de dónde. Pero bastó. El fuego se levantó de golpe, como si hubiera estado esperando. Se propagó con rapidez, alimentado por el combustible. El aire se volvió denso, caliente, irrespirable. Alrededor, los tanques guardaban miles de litros. Si el fuego los alcanzaba, no habría forma de detenerlo.
La orden fue inmediata: evacuar. Hombres corriendo. Voces cruzadas. Puertas que se cierran. El instinto básico: sobrevivir. Entre ellos estaba Jaime Ricardo Argüello, uno de los trabajadores. Salió. Como todos. Pero algo lo detuvo. Miró atrás. Vio el fuego crecer. Entendió lo que podía ocurrir. Y regresó.
«Mi papá se regresa», recordaría años después su hijo Ricardo. Se lo había contado cuando él era apenas un niño. Tomó un extintor de polvo químico seco. Nada más. Y avanzó hacia las llamas.
El calor golpeaba. Piedras y vidrios saltaban por la presión. El ruido era constante, agresivo. Cada segundo contaba. Argüello avanzó igual. Se acercó lo suficiente. Apuntó. Descargó. Una vez. Y otra. No apagó el incendio. Pero hizo algo decisivo: lo frenó.
Ese primer momento —el más crítico— cambió todo. Dio tiempo. Permitió que otros llegaran, que se organizara una respuesta, que el fuego no alcanzara los tanques principales. Tarqui no ardió esa tarde.
Su acción fue reconocida por el municipio, pero durante años sobrevivió sobre todo en la memoria de quienes la presenciaron. En 2008, el propio Argüello escribió a mano una carta a El Diario para dejar constancia de lo ocurrido. Un recuento de los grandes incendios de Manta había omitido ese episodio. Él lo reconstruyó: el error, el desborde, el fuego, la reacción. No para restar méritos al Cuerpo de Bomberos, sino para completar la historia.
El guardia héroe
Pero la historia había empezado antes. En 1967. Ese año, otro incendio rompió la calma de Tarqui. Timoshenko Chávez tenía 24 años y observaba desde una ventana del segundo piso de la clínica del IESS en el centro de Manta. Estaba internado por un accidente laboral cuando vio el humo elevarse desde la zona de los tanques.
El fuego comenzó detrás de un tanquero. Una manguera lo alimentaba con combustible a presión. Un guardián corrió hacia el vehículo. No dudó. Cerró la válvula. Era la única forma. Lo logró. Pero el fuego ya lo había alcanzado.
Salió envuelto en llamas. Corrió hacia el mar. Se lanzó buscando apagar lo imposible. Luego lo trasladaron a la clínica. Chávez lo vio llegar. Lo vio agonizar. Lo vio morir. Nunca supo su nombre. Pero sí supo lo que hizo.

Los riesgos de los tanques
Entre 1967 y 1990 cambiaron los administradores —de Anglo a CEPE—, pero no el riesgo. El sistema siguió siendo el mismo: combustible viajando desde el mar hacia tanques expuestos, dependiendo siempre de que nada fallara. Y, cuando fallaba, de alguien dispuesto a actuar. Y Tarqui pidiendo que cierren esos tanques de una vez por todas para evitar una desgracia.
Hoy, los tanques ya no están. En su lugar hay un edificio municipal, un parque y una cancha. Espacios cotidianos donde antes hubo peligro. Pero bajo esa aparente normalidad persiste una certeza: una parte de Tarqui pudo desaparecer dos veces. Y no ocurrió porque, en medio del fuego, dos hombres decidieron no huir.