El 24 de marzo de 2026, la Asamblea Nacional del Ecuador dio inicio al primer debate del proyecto de ley orgánica que busca regular la eutanasia en el país, una propuesta sustentada en la defensa del derecho a la dignidad humana.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda el derecho a la vida?
Estoy plenamente de acuerdo con la dignidad cuando esta se traduce en garantizar la vida, la educación, la salud, la paz y la seguridad del ser humano; cuando implica proteger la integridad de la persona y de la familia. Pero no maquillemos la realidad: hablemos con claridad, con responsabilidad, empezando por el núcleo esencial de la sociedad, que es la familia.
No caigamos en la incongruencia de justificar posturas desde el fanatismo, confundiendo a quienes buscan respuestas en medio del dolor.
Tenemos ejemplos que estremecen, como el de Nohelia, una vida que se fue apagando entre múltiples circunstancias hasta tomar una decisión profundamente dolorosa.
Desde mi perspectiva, esto no deja de ser un suicidio disfrazado, y decirlo duele… duele en lo más profundo.
Duele porque soy madre, hija, hermana, mujer. Duele porque soy persona; no se trata de juzgar ni condenar a nadie, pero sí es una realidad que duele y nos invita a reflexionar profundamente. Sé que muchos juristas, médicos y personas en general estarán en desacuerdo conmigo, y lo respeto; pero yo hablo desde el corazón y con el corazón, porque antes de cualquier profesión somos seres humanos.
Por eso, hoy más que nunca, debemos volver la mirada al corazón: ese espacio donde habitan tanto la luz como las sombras; donde nacen nuestras decisiones más trascendentales.
Es ahí donde Dios siembra su esperanza, llamándonos al camino de la verdad, del amor, la paz y la compasión.
¡Que el odio no supere al amor!
No dejemos para después lo que hoy requiere nuestra presencia: nuestros hijos, nuestra familia. Porque, a veces, por miedo, por ego o por el ritmo de vida que tenemos, postergamos lo esencial… hasta que puede ser demasiado tarde.
Hoy, más que nunca, la familia desde el hogar, los maestros desde las aulas, la sociedad y la Iglesia enfrentamos una tarea urgente y desafiante ante una realidad que duele y que cala hasta los huesos.
Como madre y como ser humano, hago un llamado a las autoridades a legislar con responsabilidad, creando normas que verdaderamente protejan la vida, la salud, la dignidad, el amor, la fe, el respeto y la esperanza. No leyes que, bajo el discurso de la dignidad, terminen contradiciendo el valor esencial de la vida, ese don que proviene de Dios.
Es tiempo de reflexionar, de abrazar con amor profundo a nuestros hijos, a nuestras familias y al prójimo.
Que Dios nos conceda sabiduría para dejar un legado que realmente valga la pena para quienes vendrán después de nosotros.