Herodes Antipas, un rey despótico y lujurioso que gobernó Galilea en la época de Jesús, para complacer a la hermosa Salomé le dijo: «pídeme lo que quieras», y ella le pidió la cabeza de Juan el Bautista.
Él accedió a su petición y le entregó su cruel capricho en una bandeja de plata.
Líderes de la categoría de Herodes abundan en nuestras repúblicas tercermundistas. Son poseedores de un indisimulable espíritu ganagracia, que adulan al emperador mundial de turno (Donald Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin). Para ellos, relevancia internacional equivale a una selfie en la Casa Blanca.
En lo local, basta seguir al pie de la letra el libreto que ha pasado de generación en generación entre aspirantes a tiranos. Un compendio lleno de fórmulas que han funcionado exitosamente desde antaño, con ciertas actualizaciones indispensables para conservar su vigencia en tiempos de TikTok y fake news.
Pero, dada la diminuta estatura de estos frustrados aspirantes a estadistas, cabe preguntarse: ¿cómo se mantienen tanto tiempo en el poder? Algunas respuestas emergen del libro El manual del dictador. Sus autores, Bruce Bueno y Alastair Smith, prácticamente categorizan la inescrupulosa maldad de estos personajes como un requisito imperativo para lograr y conservar el poder.
Advertidos deberíamos estar de cualquier gobernante con aires imperiales que use el poder del Estado para aplacar rivales y callar críticas, que hostigue a la prensa para propagar su versión del país, que exija moralidad mientras sus acólitos reinan impunemente en la inmundicia y el latrocinio.
Pero si dichas conductas son notorias y revelan un patrón inconfundible, ¿cómo es que la sociedad decente no hace nada concreto y radical para impedirlo? Allí es donde entra en escena la escandalosa pasividad cívica que permite la fertilidad de las tiranías. Esa mansedumbre incomprensible y resistente que describe William Shakespeare en su obra Julio César: «¡La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores!».
Concluyo que somos aquellas élites que miraron impávidas al lujurioso Herodes condenar a un inocente. Somos también aquel pueblo de Galilea que acogía a Juan el Bautista y, sin embargo, lo dejó morir solo. Somos ambos, la élite y el pueblo, y su cómplice inacción. Un error repetido incesantemente a lo largo del tiempo. Somos la carne que se resiste a aprender las lecciones de la historia y termina siendo carne de cañón en la guerra de un tirano. Somos el apático sirviente que mansamente entregó la cabeza de Juan el Bautista en bandeja de plata.