Entre gallos y medianoche: un misterio cautivador – La Voz del Altiplano

Un inofensivo «¿dónde trabajas?» cortó el ritmo de la conversación. El rostro del hombre sentado en el extremo sur de la mesa se tensó ante la pregunta. Sin forma de excusarse, con voz incómoda y tono avergonzado respondió a secas: soy judicial.

Le pido que me explique la razón de su decepción. Entonces, con la tolerancia de alguien que ha ensayado una respuesta para evadir la desdicha, me comenta: somos un vergonzoso carrusel de feria, lleno de personajes excéntricos y propensos a la barbarie, girando incesantemente alrededor del poder, esperando su turno para gobernar. Y nosotros los elegimos libremente para que nos arrastren a sus delirantes versiones del paraíso.

Juran respetar la Constitución y el Estado de derecho y, apenas ganan confianza, fijan sus ojos en la justicia. Para tomársela —me explica— usan la vieja confiable: se proclaman jefes de todos los poderes, rodean con tanques las cortes o lideran protestas contra jueces constitucionales. Un método inescrupuloso pero efectivo, añade.

Este vulgar manoseo trae gravísimas consecuencias. Periódicas refundaciones del sistema judicial, según el gusto del emperador de turno, van minando la identidad de la institución. Años de maltrato político y privaciones financieras han derrumbado el orgullo judicial de antaño hasta convertirnos en los enemigos del pueblo: una caterva de corruptos y desvergonzados, culpables de toda la inseguridad del país.

¿Y sus directivos?, le increpo con curiosidad. Sin disimular su disgusto, me cuenta: entre gallos y medianoche se reúnen para conspirar contra aquellos que les resultan incómodos. Distraen al pueblo con espectaculares allanamientos nocturnos y, mientras el país duerme, atrapan prisioneros en pijamas para darnos de qué hablar. Nos utilizan para perseguir adversarios y luego nos desechan cuando algún judicial se resiste o reclama seguridad y mejores condiciones laborales, concluye resignado.

—¿Por qué no renuncia? —le pregunto. Mientras mira su reloj, me observa con un orgullo desgastado pero intacto y responde con voz templada: hoy cumplo 14 años en la Función Judicial y sigo creyendo en la justicia.

Se despide con un apretón de manos y, mientras desaparece del salón, lo escucho recitar un fragmento del poema Ulysses, de Alfred Tennyson: «No tenemos ahora el vigor que antaño movía tierra y cielo; somos lo que somos: un espíritu prudente de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida a combatir, buscar, encontrar y no ceder».

Feliz aniversario, amigo judicial. Hay esperanza, intuyo aliviado.

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