• 5 minutos de lectura
Gema Alicia Mendoza Pinargote, de 23 años, ha roto barreras en el transporte urbano de Manta al convertirse en la primera mujer en conducir un bus de servicio público en la ciudad portuaria. Originaria de Honorato Vázquez, en la parroquia Santa Ana de Manabí, llegó a Manta hace aproximadamente seis meses y, en poco tiempo, ha transformado un oficio tradicionalmente masculino en un símbolo de empoderamiento femenino y perseverancia.
Desde niña, Gema soñaba con ser médica. Intentó en varias ocasiones ingresar a la universidad mediante exámenes de admisión, pero las circunstancias y el exigente método de selección no se lo permitieron. No se rindió: se preparó con cursos de farmacia, enfermería y otras áreas afines a la salud. Sin embargo, sentía que algo faltaba, una vocación que la llenara por completo. Fue entonces cuando el «diesel en la sangre» —como le dice su padre Miguel Mendoza Cevallos, un chofer con más de 40 años de experiencia— la llamó con fuerza. Miguel, motivador incansable, la impulsó a sacar la licencia profesional de conducir vehículos pesados. «Hágalo, hágalo», le repetía. La Cooperativa de Transportes Manta de la Fetum le abrió las puertas y la apoyó en el proceso.

Una herencia de familia
La preparación duró nueve meses en la Escuela de Chóferes Profesionales de Tarqui, donde combinó teoría, prácticas y exámenes rigurosos. Antes ya manejaba autos pequeños desde los 20 años, con más de dos años de experiencia en licencia tipo E (para vehículos livianos). En su familia, el volante es herencia: su madre, padre, tíos (incluyendo tíos paternos y maternos que conducen buses y demás carros pesados), abuelo y bisabuelos han sido transportistas. «En mi casa todo el mundo maneja», cuenta Gema. Son alrededor de 10 personas, la mayoría vinculada al transporte público y pesado. Ella es la primera mujer de la familia —y de Manta— en asumir el mando de un bus urbano a tan corta edad.
Hoy, con apenas dos meses en la ruta, pilota la línea 17, que va del Terminal Terrestre hacia la Uleam. Su jornada inicia a las 5:30 o 6:00 de la mañana y se extiende hasta las 8:00 o 8:30 de la noche. Trabaja principalmente jueves y viernes, aunque acepta turnos extras si se los piden. El bus pertenece a la cooperativa; no es propio ni familiar. Admite que el horario es exigente: pasa todo el día sentada, come en la unidad y enfrenta el tráfico intenso. «Ser transportista urbano no es fácil, pero tampoco es imposible», afirma.

Recuerdos del primer día
Su primer día fue de nervios intensos. Pronto la tranquilidad llegó gracias al apoyo de los pasajeros. Mujeres, hombres, adultos mayores y niños se sorprenden al verla al volante. Muchos la felicitan, le piden fotos, le regalan galletas o simplemente le sonríen. «Muy lindas personas», resume. De sus compañeros —todos hombres— recibe respeto y camaradería: la dejan avanzar en el tráfico, la llaman «compañerita» o «coleguita». No ha sufrido faltas de respeto. Sí ha enfrentado desafíos viales: autos pequeños que se cruzan sin medir distancias, asumiendo que el bus grande es el «culpable». Algunos piropos han llegado, incluido el de un señor mayor que, entre risas, le dijo que su «belleza» lo ponía nervioso.
Gema ve su logro como un mensaje poderoso. «Que no se detengan, que lo hagan. Nada es imposible», exhorta a otras mujeres que sueñan con manejar camiones, tráilers o buses. En la escuela de conducción vio a otra mujer interesada, de Santa Ana, a quien anima a seguir sus pasos. Su hermana menor, de 14 años, ya muestra interés: ayuda a limpiar el bus y sueña con conducir algún día.

Lo que se viene
Su meta próxima es clara: convertirse en socia de la cooperativa y obtener su propio bus. Mientras, disfruta lo que hace. «Me gusta bastante. Si no me gustara, no me levantaría a las 5 de la mañana», dice. Enseñada por su padre, ya conoce lo básico de mecánica: regular frenos, engrasar. Hasta ahora, no ha tenido desperfectos graves en la unidad.
La historia de Gema ha generado eco en medios locales y redes, donde se la presenta como un hito de inclusión en el transporte manabita, afiliado a la Federación de Transportistas Urbanos de Manta (FETUM). Su presencia diaria en las calles no solo mueve pasajeros: inspira a romper estereotipos y demuestra que, con esfuerzo y apoyo familiar, las barreras de género pueden derrumbarse en cualquier oficio.