Han pasado más de dos décadas desde la creación del último cantón en Manabí, Sucre, considerado el más joven de la provincia tras su separación de San Vicente en 1999.
Desde entonces, el mapa político-administrativo manabita se ha mantenido sin cambios, mientras varios territorios con identidad, historia y potencial de desarrollo continúan a la espera de un reconocimiento largamente postergado.
Charapotó es un territorio con densidad histórica, cohesión social e identidad profundamente arraigada. Su población ha construido, a lo largo de generaciones, una cultura basada en el trabajo, la resiliencia y el sentido de pertenencia. Su eventual cantonización no crea esa realidad, sino que la reconocería institucionalmente, validando una dinámica social, económica y cultural preexistente.
El proceso que busca convertirlo en cantón ha sido impulsado por una articulación sostenida de actores locales que transformaron una aspiración en causa colectiva. Destaca el liderazgo de Narcisa Bermúdez Gilces, cuya persistencia la posiciona como figura central. Junto a ella, la comisión de cantonización, integrada por diversos representantes comunitarios, ha demostrado que la organización social, cuando se combina con incidencia política, puede materializar cambios estructurales.
Asimismo, el avance del proceso responde también a una decisión política a nivel nacional. El presidente Daniel Noboa ha dado paso a esta demanda territorial, marcando una acción concreta en un contexto en el que muchas veces las promesas no se traducen en resultados. Este tipo de decisiones reconfigura la relación entre el Estado y los territorios, otorgando legitimidad a procesos construidos desde la base social.
La cantonización de Charapotó abriría un nuevo ciclo. Más allá de la autonomía administrativa, implicaría asumir retos vinculados a la planificación, la institucionalidad y la gestión eficiente del desarrollo. Convertirse en cantón no solo es un logro simbólico, sino una responsabilidad frente a las necesidades ciudadanas.
Charapotó, el libérrimo pueblo, enfrenta así una oportunidad histórica. Su ascenso no solo corregiría una deuda territorial, sino que confirmaría que los procesos colectivos sostenidos en el tiempo pueden abrirse camino. Este momento invita a ser narrado desde la experiencia de su gente, desde sus luchas y aspiraciones, entendiendo que su cantonización sería el resultado de años de compromiso y construcción social.