Génesis 2:22 – La Voz del Altiplano

«Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre». Así es como el libro de Génesis de la Biblia narra la creación de la primera mujer por parte de Dios, utilizando una costilla tomada de Adán.

La interpretación de este relato trasciende lo anatómico, simbolizando la creación de la mujer a partir del costado o la esencia misma del hombre, lo que representa equivalencia, unidad, protección y amor compartido, en lugar de subordinación. Lastimosamente, las mujeres han tenido que lidiar con desigualdades sociales que postraron por siglos el desarrollo de su potencial.

Quizá por eso siento la vocación de reconocer la relevancia del venidero 8 de marzo, fecha en la cual se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una jornada global de lucha y reivindicación por los derechos de las mujeres y la erradicación de la violencia machista.

Pese a la connotación pública y el apoyo generalizado que los sectores sociales y políticos entregan a la causa feminista, las justas conquistas alcanzadas en la historia reciente lucen insuficientes y, lo que es peor, la discriminación y la violencia persisten en la actualidad a pesar de los avances normativos.

Entonces, cabe plantearse preguntas sobre el feminismo, así como de sus métodos e ideología que muchas veces nos parecen algo radicales y que, en lugar de invitar a la adhesión activista, generan resistencia y rechazo. Y es que escuchar a quienes se autoproclaman portavoces exclusivas e intocables de los principios feministas es revelador. Sus discursos y posiciones suelen estar cargados de una altísima dosis de animadversión y señalamientos generalizados para los hombres e incluso para mujeres. Al excluirnos de sus iniciativas, es difícil sumarnos; y si además se nos culpa de los pecados de nuestros antepasados, resulta más complicado apoyarlas. Este sentimiento de reparo y falta de involucramiento no es patrimonio exclusivo de los hombres. Muchas mujeres no se consideran feministas y, peor aún, no suscriben sus iniciativas. Un contrasentido total, pero real.

El producto de aquella mística costilla es sublime. Su lugar en la sociedad como un par del hombre es un reclamo justo e imperativo. Ahora bien, los defectos del pasado no se remedian con radicalismos dialécticos, ideologías revanchistas y exclusión de género.

El feminismo debería ser una causa que invite con la misma delicadeza con la que una mujer es capaz de apaciguar una guerra, sus voces deberían convocar con dulzura a la unión y a la reconciliación, dejando atrás las consignas violentas impropias de un ser tocado por la divinidad. ¡Bendita costilla! 

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