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El Centro de Predicciones Climáticas, adscrito a la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, emitió una alerta que sitúa la llegada de El Niño en el segundo semestre de este 2026. Este fenómeno se caracteriza por el calentamiento anómalo de las aguas en el Pacífico central y oriental, lo que altera los patrones climáticos a nivel mundial, generando olas de calor, sequías e inundaciones.
Si bien este es un fenómeno que se manifiesta en ciclos irregulares, generalmente cada dos o siete años, esta vez la preocupación es mayor debido a que, si llega este año, podría ser más intenso y duradero. Incluso, desde el Departamento de Defensa de Estados Unidos, su meteorólogo Eric Webb mencionó que «se pronostica que El Niño de este año será incluso más fuerte que el de 2023 en algunos modelos». Por ello, esta versión del fenómeno, ha sido bautizada en los medios de comunicación como «Súper El Niño».
¿Qué es un «Súper El Niño» y por qué la cautela?
Esta versión del fenómeno suele presentarse cada diez a quince años y ocurre cuando la temperatura del mar supera los dos grados centígrados por encima de lo normal. De confirmarse este escenario, se podrían registrar temperaturas récord.
No obstante, oceanógrafos como Franklin Ormaza, de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), aunque no descarta la posibilidad, considera que es muy pronto para confirmar ese pronóstico. El experto explicó que alrededor del mes de mayo o junio se podría tener un indicio de las condiciones y magnitud del evento.
Señala que la tendencia apunta a condiciones de El Niño para finales de año, específicamente entre noviembre y diciembre. Sin embargo, enfatiza que los modelos actuales, que él revisa y que suman cincuenta, proyectan una intensidad entre «débil y moderada». Ormaza advierte sobre la «barrera temporal» que atraviesan los modelos entre abril y mayo, lo que significa que las probabilidades pueden fallar y se necesita esperar hasta mediados de mayo para obtener una mejor resolución y una idea más precisa de la magnitud.
Habrá que esperar hasta junio
Juan José Nieto, oceanógrafo, señaló que, según sus pronósticos, la probabilidad de un evento de El Niño a partir del tercer trimestre de 2026 es «todavía baja», alrededor del 60 por ciento, mientras que la probabilidad de condiciones normales es del 40 por ciento. «Es una probabilidad sí un tanto más elevada a lo que serían condiciones normales, pero todavía es baja», explicó.
Además, el experto hizo una distinción crucial: el fenómeno de El Niño se refiere a un calentamiento en una zona lejana del Ecuador, en el Pacífico. «A nosotros lo que más nos afecta es lo que ocurre en la costa del Ecuador», puntualizó. Recordó que los eventos de El Niño de 1982 y 1997 fueron los «Súper Niños» para Ecuador, mientras que el «Niño Godzilla» de 2015-2016, aunque intenso a nivel global, no causó impactos severos en el país.
Finalmente, señaló que los modelos computacionales son menos precisos entre febrero y mayo, por lo que habrá que esperar unos tres meses para tener una visión más clara de la evolución del fenómeno. Las proyecciones actuales sugieren un fenómeno débil o moderado, y la clave será monitorear el mar en la costa ecuatoriana, que es lo que realmente afecta al país.
¿Cuál sería el impacto en Ecuador?
Si se desarrolla un El Niño, incluso de intensidad débil a moderada, los impactos en Ecuador podrían ser significativos. Franklin Ormaza detalló dos consecuencias principales. Primero, menos agua en la Amazonía, lo que significa que el estiaje será mayor, con menos agua en las represas y, consecuentemente, menos luz eléctrica. Esto se debe a una fuerte teleconexión entre el Pacífico y el Atlántico, donde el Atlántico, que domina la lluvia en la Amazonía, no estará en condiciones de generarla. Además, se refirió a un posible impacto en la Costa. Aunque se espera que sea menor que en la Amazonía, podrían presentarse lluvias.
El experto recalcó que la verdadera preocupación no es tanto la intensidad del fenómeno, sino la falta de preparación del país. «Ya que el niño sea fuerte, moderado, ya no importa. Que la lluvia sea fuerte, suave, moderada, ya no importa. Porque ya no es capacidad, no es tanto el impacto de la variable, sino de cómo estemos nosotros, cómo está nuestra infraestructura, en qué tan débil estamos para recibir un impacto», sentenció Ormaza.