Portoviejo no es solo una ciudad; es un pulso vivo que refleja las tensiones y esperanzas de este Ecuador profundo. La ciudad capital, en la última década, ha experimentado un significativo desarrollo económico y comercial; ha transitado entre avances considerables y desafíos que invitan a una reflexión honesta y necesaria de sus habitantes.
La capital manabita ha experimentado crecimiento, a pesar de no contar con un aeropuerto que impulse su desarrollo. Según estadísticas, el Valor Agregado Bruto (VAB) pasó de aproximadamente 818 millones de dólares en 2010 a más de 1.200 millones en 2023, lo que representa un incremento cercano al 47 %. Este dato evidencia una expansión real, impulsada principalmente por el comercio, sector consolidado históricamente como el motor de la ciudad, convirtiéndose en generador de millones de dólares y de gran parte del empleo. El crecimiento por sí solo no es sinónimo de desarrollo. Mientras Portoviejo crecía, sin obras de infraestructura estratégica como el aeropuerto, otras ciudades del país también lo hacían a un ritmo quizás mucho más acelerado; aun así, ha logrado ubicarse en el rango del 10 al 15 entre las economías urbanas del Ecuador. Esta realidad revela una verdad incómoda: no basta con avanzar, hay que hacerlo con visión estratégica.
El tejido comercial de Portoviejo descansa en gran medida sobre las pequeñas y medianas empresas, que son, en definitiva, los verdaderos pilares de la economía local. Estas no solo generan empleo, sino que fortalecen la construcción social. A ello se suma su posición geográfica estratégica, que la convierte, de por sí, en un nodo natural de intercambio comercial.
Es necesario reconocer los momentos de estancamiento. El terremoto de 2016 y la pandemia de 2020 ocasionaron la caída del VAB hasta 882 millones, lo cual evidenció la fragilidad de su estructura económica. A esto se suman factores como la casi inexistente inversión extranjera y la dependencia de sectores tradicionales.
Portoviejo, en la actualidad, se encuentra en una encrucijada: puede resignarse a un crecimiento moderado o, definitivamente, reinventarse con audacia. La clave está en que su liderazgo ponga en funcionamiento su aeropuerto, inicie la diversificación de su economía, fortalezca la innovación y apueste por un desarrollo inclusivo.
Lo que está en juego es el destino de una ciudad capital que ha demostrado en todo momento resiliencia. La pregunta no es si puede crecer, sino si está dispuesta a transformarse. Y esa respuesta depende de la voluntad de su gente.