La historia del café en Manta: un legado cultural importante – La Voz del Altiplano

El café llegó a Manta como llegan las cosas que cambian la historia: poco a poco, casi en silencio. A comienzos del siglo XX, el puerto era todavía un poblado pequeño, de pescadores y comerciantes locales. Pero algo empezó a moverse tierra adentro, en los cantones del sur de Manabí, donde el grano crecía en pequeñas fincas.

En la década de 1920, los sacos comenzaron a bajar hacia el puerto. En Manta se secaban al sol, se almacenaban y luego partían en barcos rumbo a Estados Unidos y Europa.

Con el auge del comercio aparecieron también los nombres que dominarían la economía local durante décadas: Casa Álava, Casa Balda, Casa Vera, Casa Azúa y Casa Franco.

Eran empresas familiares donde el apellido lo era todo. El nombre del patriarca funcionaba como una marca, una garantía y, muchas veces, como la llave que abría negocios.

Así se señala en la investigación doctoral de María Cuvi Sánchez, titulada Los patriarcas del café: la formación de una élite en Manta (Ecuador) en la primera mitad del siglo XX.

El café no solo generó negocios. También creó un estilo de vida.

En las residencias de la élite mantense circulaban productos que, para la mayoría de ecuatorianos, eran casi imposibles de imaginar: chocolates suizos, vinos alemanes, quesos holandeses, jamones importados. Los barcos que llegaban por el grano traían también perfumes franceses, whisky y ropa de lino italiano.

Durante las décadas de 1950 y 1960, cerca de 50.000 pequeños productores cultivaban el grano en el sur de Manabí. Eran campesinos que trabajaban con pocos recursos y dependían de intermediarios para financiar la siembra. Muchos recibían préstamos con intereses altísimos y terminaban entregando su cosecha comprometida de antemano.

Durante años, ese sistema pareció inquebrantable. Pero, a comienzos de la década de 1970, empezaron a aparecer las primeras grietas.

Algunas casas exportadoras comenzaron a quebrar. Otras abandonaron el negocio. Había especulación con los precios internacionales, falta de modernización y una competencia creciente de otros puertos, especialmente Guayaquil.

El golpe definitivo llegó en 1982. La devaluación del sucre y el aumento de las tasas de interés internacionales volvieron impagables muchas deudas en dólares. Varias empresas no lograron sobrevivir. Así terminó una época.

Aunque el auge del café fue breve, dejó algo más que riqueza: dejó una historia donde el poder, el comercio y la vida cotidiana se entrelazaron alrededor de un grano pequeño que alguna vez cambió el rumbo de toda una ciudad.

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