La Verdad en el ring electoral ecuatoriano – La Voz del Altiplano

Imagine un combate de la UFC. Dos luchadores en el octágono, entrenados bajo un reglamento estricto. De repente, en el segundo asalto, el árbitro anuncia: «A partir de ahora, se permiten golpes bajos y escupitajos». El luchador A entrenó para resistencia; el B, para ataque rápido. ¿Quién gana? No el mejor atleta, sino el que saca provecho del caos normativo. Pero hay algo peor: el público deja de creer en el deporte.

Esto no es ficción, es lo que ocurre en Ecuador. El Consejo Nacional Electoral (CNE) y el Tribunal Contencioso Electoral decidieron mover las elecciones seccionales de febrero de 2027 a noviembre de 2026, teniendo como excusa un «posible» fenómeno El Niño. Sin embargo, la emergencia sanitaria real y global de la covid-19 no movió el calendario. ¿Por qué ahora un riesgo climático prospectivo y no concluyente sí lo hace?

Aquí no hay prevención técnica; cambiar las reglas en medio del combate electoral beneficia a alguien y perjudica severamente a otros. Mientras el beneficiado corre en pista limpia, a sus adversarios se les ponen vallas móviles: suspensiones de nueve meses, procesos de cancelación de partidos y plazos comprimidos que imposibilitan una campaña justa.

Pero el daño más profundo no es quién gana las alcaldías o las prefecturas. El daño mayor es lo que esto nos enseña como ciudadanos: cada vez que las instituciones modifican las normas por conveniencia, internalizamos que las reglas no importan.

Cuando el árbitro está parcializado, el espectador aprende que el reglamento es solo una sugerencia para los débiles. Esta indiferencia normativa es el combustible del desencanto con la política. El ciudadano promedio deja de ver la democracia como un pacto de leyes y empieza a verla como una lucha de poder desnudo. Surge el cinismo estructural: «todos son iguales», «mi voto no vale», «el que tiene el poder hace lo que quiere».

Esta internalización es letal para la democracia. Si aceptamos que el calendario se mueve por conveniencia, aceptamos que el poder está por encima del derecho. La estabilidad de las normas es el oxígeno de la libertad; sin ella, asfixiamos la confianza pública.

El combate electoral no debe ser solo sobre quién gana, sino sobre si el combate fue limpio. Si permitimos golpes bajos institucionales, no elegimos líderes; legitimamos un sistema amañado. La integridad del voto depende de la integridad de las reglas. La pregunta no es técnica, es ética. ¿Confía usted en que el cambio de reglas garantizará la integridad del voto? Si la respuesta duda, la democracia ya perdió. Y en ese ring, todos perdemos si el árbitro vende su conciencia y el público aplaude el engaño.

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