El Tercer Reich fue el nombre que recibió el régimen de la Alemania nazi. Las acciones del nazismo se presentaron revestidas de legalidad; por ejemplo, los campos de concentración derivaron de decretos de emergencia.
En el Ecuador de los últimos años se ha configurado un escenario atravesado por la polarización política: correísmo y anticorreísmo, avivada por una determinada forma de conducción del Estado: la judicialización de la política. En tiempos recientes, hemos observado con preocupación hechos como la suspensión, mediante un sumario administrativo, de la exvicepresidenta Verónica Abad; un supuesto «impedimento» en la Judicatura tramitado a través del Ministerio del Trabajo; la suspensión del principal partido político de oposición con un pedido de la Fiscalía; los procesos judiciales que enfrenta el alcalde Aquiles Alvarez; y otros hechos similares. Episodios que se inscriben en la lógica de instrumentalizar al Estado como arma de persecución contra el adversario, que cada vez son más notorios y denigrantes.
Hoy ya no existen los campos de concentración, porque la memoria del mundo los condenó para siempre. Sin embargo, subsisten formas más «pulcras», incluso populares. Existen fiscales obedientes al poder, jueces dispuestos a sacrificar la justicia para mantenerse en su cargo y medios de comunicación dispuestos a destruir la honra por la pauta.
El libro «The Nazi and the Psychiatrist», de Jack El-Hai, documenta cómo el psiquiatra Douglas Kelley, quien evaluó al alto mando del régimen nazi en el contexto de los juicios de Núremberg, llegó a una conclusión: el problema no era solamente el nazismo, sino una condición humana más profunda, esa inclinación a buscar el poder por el poder mismo. Esa lógica no era exclusiva de la Alemania nazi; también está en las grandes potencias que, mientras realizan juicios morales, reproducen otras formas de dominación.
Hoy todavía se invaden países, se bombardean pueblos y se justifica la violencia en nombre de la civilización, con argumentos que cambian de uniforme, pero no de motivación. El Tercer Reich ya no existe como régimen, pero el odio como método de gobierno está vigente. Cambia de colores, de discursos y de tribunales, pero conserva intacta su vocación de excluir, castigar y silenciar.
Ayer fueron los judíos; hoy, el correísmo. No alzo la voz porque no soy correísta. Pero mañana, cuando vengan por ti, no quedará Estado de derecho que haga respetar tu dignidad. Callar cuando el poder convierte el odio en una política pública es otra manera de profundizar la crisis.