Hipopótamos de la cocaína: herencia salvaje en Colombia – La Voz del Altiplano
20 de marzo de 2026 • 16:16

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Freddy Solórzano

Freddy Solórzano

Redacción ED.

En las aguas lentas del río Magdalena emerge una silueta descomunal, ajena a ese paisaje. No es un mito ni una rareza pasajera: es un hipopótamo africano, y no está solo. La historia de estos animales en Colombia no comienza en la naturaleza, sino en el exceso.

En la década de los ochenta, el narcotraficante Pablo Escobar decidió construir un zoológico privado en su Hacienda Nápoles. Como parte de su colección exótica, importó cuatro hipopótamos —tres hembras y un macho— desde un zoológico en Estados Unidos. Era una demostración de poder, una extravagancia más en la vida de quien podía traer lo imposible.

Los animales en el abandono

Pero el lujo no estaba diseñado para durar. Tras su muerte en 1993, los animales quedaron abandonados. Nadie sabía qué hacer con ellos. Trasladarlos era complejo, costoso y peligroso: un hipopótamo adulto puede pesar más de cuatro toneladas. La solución fue, en la práctica, ninguna; simplemente los dejaron ahí.

Y ellos hicieron lo que mejor saben hacer: sobrevivir. Poco a poco escaparon de la hacienda y encontraron en los ríos cercanos un hábitat inesperadamente favorable. El Magdalena, una de las arterias más importantes de Colombia, les ofreció agua abundante, alimento y, sobre todo, ausencia de amenazas. A diferencia de África, donde enfrentan depredadores y condiciones más competitivas, en Colombia no tienen enemigos naturales.

Así comenzó una expansión silenciosa. Lo que en un inicio parecía una anécdota curiosa —los «hipopótamos de Escobar»— se transformó con los años en un fenómeno ecológico sin precedentes.

Hoy se estima que entre 150 y 200 ejemplares viven en libertad, principalmente en las cuencas de los ríos Magdalena y Cauca. En 2024, el Guinness World Records los reconoció como la población invasora más grande del planeta.

La cifra no es menor; tampoco lo es su impacto. Los hipopótamos son animales territoriales, impredecibles y potencialmente peligrosos. En África se les considera responsables de más muertes humanas que muchos depredadores. En Colombia, su presencia altera los ecosistemas: modifican la calidad del agua con sus desechos, compiten con especies nativas y cambian la dinámica natural de los ríos.

Aun así, su historia tiene matices. Para muchas comunidades locales, estos animales se han convertido en una especie de símbolo involuntario. Algunos los ven como una atracción, otros como una amenaza.

El control urgente de los hipopótamos 

Hay quienes los defienden y quienes exigen su control urgente. Entre el asombro y el temor, los hipopótamos han dejado de ser solo animales: son parte de una narrativa más compleja. Una que mezcla narcotráfico, abandono estatal y consecuencias ecológicas.

Los científicos advierten que el crecimiento de la población podría salirse aún más de control. Sin intervención, podrían llegar a 400 individuos en los próximos años. Las opciones —esterilización, traslado o incluso sacrificio— generan debate. Ninguna es simple; todas implican costos, riesgos y dilemas éticos.

Mientras tanto, en las riberas del Magdalena, la escena se repite. Al caer la tarde, cuando el calor cede, los hipopótamos emergen del agua. Caminan pesadamente por la orilla como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar. Pero no es así: son, en esencia, un accidente de la historia.

Un recordatorio vivo de cómo una decisión humana, tomada hace décadas en nombre del lujo y el poder, puede desbordarse más allá de cualquier control. En Colombia, los hipopótamos no son solo animales exóticos; son la herencia salvaje de un pasado que aún respira, se reproduce y avanza, imparable, río abajo.  (10).

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