El cardiólogo de Manabí que aprendió a leer corazones – La Voz del Altiplano
Freddy Solórzano

Freddy Solórzano

Redacción ED.

El doctor Alfredo Zambrano habla del corazón como si hablara de una persona. Lo describe, lo explica y hasta parece escucharlo. Tal vez por eso, después de años de consulta, el cardiólogo ha aprendido que el corazón de los manabitas no solo late: también come, trabaja, se preocupa y, muchas veces, se descuida.

Zambrano tiene cuarenta años y una historia que empezó lejos de los grandes hospitales. Nació en Chone, en el corazón de Manabí, en una tierra donde el arroz y el plátano forman parte del paisaje tanto como los ríos o el calor de la tarde.

La decisión en la universidad 

Desde joven supo que quería dedicarse a la salud. No tenía del todo claro el camino, pero sí el destino.

—Dentro de las carreras de salud, yo quería llegar a lo más alto —dice con serenidad.

Ese camino lo llevó a estudiar medicina general en la Universidad Laica Eloy Alfaro. Pero su curiosidad no terminó allí. Durante su formación universitaria ocurrió algo que cambiaría su rumbo: descubrió el corazón.

No fue una decisión romántica ni impulsiva. Fue, más bien, una fascinación científica.

—Cuando vimos cómo funcionaba el corazón, me llamó mucho la atención. Es un órgano que se conecta con todos los demás, trabaja en conjunto. Se me hizo fácil entenderlo y quise profundizar más.

Así terminó viajando miles de kilómetros para estudiar su especialidad en Brasil, en el Instituto del Corazón de São Paulo, uno de los centros cardiológicos más prestigiosos de América Latina. Cinco años de estudio, guardias médicas y aprendizaje. Cinco años lejos de casa.

La universidad era pública, pero la vida en una ciudad gigante como São Paulo no era barata: vivienda, comida, transporte. Todo sumaba.

La falta de especialistas en Ecuador

Al final, la especialización costó cerca de cuarenta mil dólares. Una inversión grande, pero necesaria para quien quería entender los secretos del órgano más persistente del cuerpo humano. Regresó con una certeza: en Ecuador faltan especialistas.

—A nivel nacional hay déficit en muchas especialidades —explica—: cardiología, neurología, otorrinolaringología. No siempre hay posgrados disponibles y, cuando existen, suelen ser costosos.

Pero más allá de la falta de especialistas, Zambrano encontró otro problema cuando volvió a Manabí: el estilo de vida.

—Yo siempre les digo a mis pacientes que la enfermedad muchas veces empieza en la boca —dice sin rodeos.

Lo explica con paciencia en cada consulta: el arroz abundante, el plátano en todas sus formas, los chifles, la grasa escondida en la cocina diaria. Una dieta que forma parte de la identidad de la provincia, pero que también deja huellas en la salud. Zambrano tiene su consultorio en Manta.

Manabí tiene algunos de los índices más altos de hipertensión y diabetes del país. Y el corazón paga la cuenta. El infarto, recuerda Zambrano, es la principal causa de muerte en el mundo. Y lo más peligroso es que suele avanzar en silencio.

—A veces la persona cree que es un aire, un dolor pequeño y en realidad las arterias ya se están tapando.

Por eso insiste en algo que todavía cuesta entender: la prevención. Para él, visitar al cardiólogo no debería ser una reacción al dolor, sino una costumbre.

—Desde los 35 años, al menos una vez al año hay que hacerse un chequeo —explica.

Electrocardiograma. Ecocardiograma. Signos vitales. Lo compara con el mantenimiento de un vehículo.

—A los carros les cambiamos el aceite cada cierto kilometraje. El cuerpo debería revisarse igual.

Sin embargo, cambiar hábitos es más difícil que tomar una pastilla. Zambrano lo sabe bien. En casa, cuando un paciente intenta comer diferente, muchas veces el resto de la familia sigue comiendo «rico». Y la tentación se vuelve una batalla diaria.

—Es una lucha —dice el cardiólogo—. No es fácil.

Aun así, cree en la educación del paciente: en explicar, en mostrar, en lograr que cada persona entienda qué le está pasando a su cuerpo. Porque cuando alguien entiende su enfermedad, empieza a cambiar.

La inteligencia artificial

Hoy, además de la consulta, Zambrano también observa cómo la medicina se transforma con nuevas herramientas: la inteligencia artificial, los equipos avanzados de ecocardiografía, la tecnología que permite ver el corazón con mayor precisión.

Para él, no es una amenaza. Es un aliado.

—La medicina y la tecnología ahora van de la mano —sostiene.

Pero, al final del día, ningún algoritmo reemplaza lo más importante de su trabajo: escuchar.

Escuchar el latido que llega a través de un estetoscopio. Escuchar la historia de cada paciente. Y recordar que, detrás de cada corazón enfermo, siempre hay una vida tratando de seguir latiendo.

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