Contaminamos el agua y, al mismo tiempo, nos estamos envenenando. En Manabí rural, el 53,5% de las fuentes de agua contienen E. coli, según la Encuesta Nacional de Desnutrición Infantil del INEC. No es agua de un río lejano: es la que llega al vaso.
Que un país con la riqueza hídrica de Ecuador enferme a sus comunidades rurales no es una fatalidad: es el resultado de décadas sin saneamiento, sin control de la deforestación y sin tratamiento de aguas residuales. Los datos lo confirman: el 73,7% de las aguas residuales del país fluye sin tratamiento; todos los ríos por debajo de los 2.800 metros están severamente contaminados, según datos de SENAGUA (ahora ARCA).
En Manabí, la brecha entre el campo y la ciudad lo dice todo: en zonas urbanas, el 17,2% de las fuentes tiene E. coli; en zonas rurales, el 53,5%. La misma provincia, dos realidades que no deberían coexistir.
La situación es aún más grave porque Manabí no recibe agua de los Andes: depende exclusivamente de sus propias cuencas y bosques. Y entre 2018 y 2020 perdió 13.528 hectáreas de bosque por año. Menos bosque significa menos filtración, más escorrentía y más contaminación. La provincia está destruyendo las únicas fuentes que tiene.
En el Día Mundial del Agua, Ecuador no necesita celebrar su riqueza hídrica: necesita enfrentar la vergüenza de estar envenenándola. El agua que debería dar vida hoy está enfermando a la nación.
Envenenamos el agua y bebemos nuestra sentencia.