Hay entrevistas que se hacen por trabajo y otras que terminan convirtiéndose en una advertencia personal. La conversación con un cardiólogo fue de estas últimas. Apenas comenzó a hablar sobre la alimentación en Manabí, la sensación fue inmediata: más que periodista, el interpelado era yo.
«El problema en Manabí es el exceso de carbohidratos», afirmó con claridad. En esta provincia, el arroz no es un simple acompañante, sino el eje del plato diario: con pescado, pollo o carne. Y cuando no está presente, el plátano toma su lugar en múltiples formas: patacones, chifles, asado o frito.
Durante años, muchas de estas recomendaciones médicas se escuchan como las instrucciones de seguridad en un avión: necesarias, pero ajenas. Sin embargo, con el paso del tiempo, términos como «presión alta», «colesterol» o «arterias obstruidas» dejan de ser lejanos.
«El estilo de vida influye directamente. La enfermedad muchas veces empieza en la boca», explica el especialista. En cada consulta insiste en los mismos puntos: el consumo excesivo de arroz, la presencia constante del plátano y las grasas ocultas en la cocina cotidiana. Una dieta profundamente ligada a la identidad cultural, pero que también deja consecuencias en la salud.
En Manabí, las cifras respaldan la preocupación. La provincia registra altos índices de hipertensión y diabetes. El corazón, finalmente, paga la factura. El infarto continúa siendo la principal causa de muerte a nivel mundial y, en muchos casos, avanza sin síntomas evidentes.
«A veces se confunde con un dolor leve, pero las arterias ya están comprometidas», advierte. Por eso insiste en la prevención como hábito. Recomienda chequeos anuales a partir de los 35 años: electrocardiogramas, ecocardiogramas y control de signos vitales.
Comparte una analogía sencilla: «A un vehículo se le cambia el aceite periódicamente; el cuerpo debería revisarse igual». Sin embargo, reconoce que modificar hábitos es más complejo que tomar medicamentos. En muchos hogares, mientras uno intenta comer distinto, el resto mantiene las mismas costumbres.
Después de la entrevista decidí hacerle caso al médico. Me fui a caminar. Caminé una hora, imaginando cómo mis arterias agradecían el esfuerzo.
Justo al terminar, sonó WhatsApp. Era el grupo de trabajo: una foto de mis compañeros comiendo un glorioso gato encerrado, bañado con queso rallado.
Ahí entendí algo importante: el verdadero enemigo del corazón no siempre es el colesterol; a veces es el grupo de WhatsApp.