Ingeniero ecuatoriano que llevó la bandera al espacio – La Voz del Altiplano
16 de febrero de 2026 • 09:00

5 minutos de lectura

Freddy Solórzano

Freddy Solórzano

Redacción ED.

En 1988, mientras el mundo contenía la respiración ante la inminente caída del Muro de Berlín, un joven ecuatoriano aterrizaba en la entonces Unión Soviética con una beca bajo el brazo y una curiosidad que no cabía en la maleta. Se llamaba Fausto Freire y ese viaje marcaría el rumbo de su vida y del espacio ecuatoriano.

Primero fue Volgogrado. Luego, Kursk. Entre inviernos interminables y un año completo dedicado a aprender ruso, Freire se sumergió en la electrónica computacional, una rama que en ese entonces separaba con claridad a los ingenieros de software de los de hardware. El hardware es la parte física y tangible que se puede tocar (como el teclado o la pantalla), mientras que el software es el conjunto de instrucciones e información digital intangible que le dice a ese hardware qué hacer.

Él eligió el corazón físico de las máquinas: aprendió a construir computadoras desde sus entrañas.

Mientras estudiaba, el mapa político del mundo se desdibujaba. La Unión Soviética se fragmentó y Freire, que había permanecido en la Federación de Rusia, fue testigo directo de una transformación histórica. «Fue un cambio de 180 grados», diría años después.

La realidad que lo golpeó

Regresó a Ecuador cargado de ilusiones. Pensaba incorporarse a una industria computacional nacional que, en realidad, no existía. El país desarrollaba software, pero nadie construía computadoras. La brecha entre su formación y el mercado era evidente.

Durante tres años intentó abrirse camino, sobre todo en el ámbito universitario. Luego partió a Europa. En Madrid trabajó en el Centro Tecnológico como técnico computacional. Más tarde volvió a Rusia para cursar su posgrado y fue allí donde el espacio comenzó a llamarlo con fuerza.

En su universidad rusa integró un grupo que trabajaba en comunicaciones espaciales. La fascinación ya no era solo por los circuitos, sino por los satélites que orbitaban la Tierra. Aun así, decidió regresar definitivamente a Ecuador en 2008. No fue una decisión económica. Fue emocional. «Uno siempre piensa en su país, en su familia, hasta en la comida», confiesa. Esa «semillita» lo trajo de vuelta.

La universidad le abre las puertas 

Se incorporó a la Universidad UTE, que le abrió las puertas para investigar en automatización y robótica. Desde allí empezó a tejer puentes con Rusia. Invitó a cosmonautas al país, estrechó lazos con especialistas de la Corporación Espacial Estatal Roscosmos y consolidó convenios con la Universidad del Suroeste de Rusia, una de las pocas con licencia para trabajar directamente en el espacio.

El sueño dejó de ser discurso y tomó forma cúbica. En 2014 inició el desarrollo del primer nanosatélite ecuatoriano bajo el estándar CubeSat: un cubo de 10 por 10 por 10 centímetros y apenas tres kilogramos de peso.

Fue lanzado en 2017. Llevaba un sensor de partículas de alta energía, el primero adaptado a un satélite tan pequeño con apoyo de Roscosmos. Mientras las grandes agencias trabajan con satélites de dos toneladas, el equipo de Freire probaba tecnología espacial en miniatura.

Después vino un segundo satélite, más grande —30 centímetros de largo—, que incorporó sensores del campo magnético terrestre y mejoras en comunicaciones y energía. Para entonces, la universidad ya contaba con su propia estación de monitoreo.

El tercero, puesto en órbita un 28 de diciembre, marcó otro salto: cinco sensores, cámara incorporada y, por primera vez, un sistema de estabilización para orientar el satélite hacia la Tierra. Ecuador no solo enviaba objetos al espacio; enviaba ciencia.

Hoy el país figura en los mapas tecnológicos como nación con presencia satelital. No aparece el nombre de una universidad, sino el de Ecuador. Y eso, para Freire, es lo esencial.

El siguiente paso no es hacer satélites más grandes, sino más pequeños. Con la electrónica actual —explica— podrían fabricarse dispositivos de apenas 10 gramos y lanzar decenas en una sola misión: más eficiencia, menos riesgo, menor costo.

La enseñanza viaja a Europa

A sus 55 años, el ingeniero que alguna vez quiso «comerse el mundo» construyendo computadoras en un país que no las fabricaba ahora sueña en plural. Aspira a que Ecuador sea un referente tecnológico mundial y que sus jóvenes miren más allá de las fronteras.

Algunos de los estudiantes ecuatorianos que trabajaron en los nanosatélites hoy forman parte de la Agencia Espacial Europea. Salieron con experiencia real en proyectos orbitales y con una bandera ecuatoriana en el currículo.

En tiempos en los que se debate si la universidad sigue siendo necesaria, Freire no duda. Para crear ciencia, dice, no bastan cursos rápidos ni tutoriales en línea. Se necesitan bases sólidas, ética, matemática, física y visión de largo plazo.

Quizá por eso su historia no es solo la de un científico. Es la de un hombre que volvió para sembrar futuro.

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