Las redes sociales y las noticias están inundadas de notas sobre los therian, personas que se perciben como animales, especialmente perros. Es muy jocoso y nos reímos, pero qué pasa por la cabeza de estas personas…
La palabra therian proviene de therianthropy, un término que mezcla raíces griegas: thērion (bestia o animal salvaje) y anthrōpos (ser humano). Originalmente se usaba para describir mitos antiguos en los que una persona podía transformarse en animal. Con el tiempo, especialmente en comunidades de internet, el concepto se adaptó para referirse a personas que sienten una profunda conexión interna con un animal específico, al punto de considerarlo parte de su identidad.
Aunque esta expresión moderna no siempre tiene que ver con transformaciones físicas o fantasías, sí refleja una búsqueda emocional y simbólica. Muchas veces, quienes se identifican como therian buscan sentirse comprendidos, encontrar un espacio donde su forma particular de ver el mundo tenga sentido. No se trata necesariamente de un capricho, sino de una necesidad humana de pertenencia, señalan los expertos.
Sin embargo, también es cierto que, en algunos casos, adoptar una identidad alternativa puede convertirse en una especie de refugio para escapar de inseguridades no resueltas. Crear un personaje -sea animal, fantástico o simplemente distinto a uno mismo- puede sentirse más seguro que enfrentar la propia vulnerabilidad. El problema surge cuando ese personaje deja de ser una herramienta para expresarse y, en cambio, se convierte en una barrera que esconde carencias emocionales: falta de aceptación, miedo al rechazo, o la sensación de no encajar en la vida cotidiana.
Al final, desear ser visto y aceptado es profundamente humano. Pero es importante que esa búsqueda no nos lleve a ocultar quiénes somos realmente. Las identidades simbólicas, creativas o espirituales pueden ser valiosas si nos permiten crecer, conocernos mejor y fortalecer nuestra autoestima. Lo preocupante es cuando se usan para reemplazar lo que necesitamos trabajar en nosotros mismos.
Reconocer nuestras fragilidades, sin disfraces ni personajes, puede ser difícil, pero también es el primer paso hacia una aceptación auténtica.
Pienso que las familias deben dar ayuda a quienes enfrentan estos procesos, porque lo que al principio se ve jocoso, al final será un problema.
@AndreaLimongiS