80 años de fútbol y memoria en Manta – La Voz del Altiplano
Freddy Solórzano

Freddy Solórzano

Redacción ED.

A sus 83 años, cumplidos el 18 de febrero, Timoshenko Chávez no se define con una sola palabra. No puede. Su vida no cabe en un oficio ni en una etiqueta. Ha sido futbolista, albañil, fotógrafo, dirigente barrial y, sobre todo, un testigo constante de lo que ha pasado en Manta.

«Yo he hecho de todo», dice sin rodeos. Esa frase no es una exageración: es un resumen.

Su historia empieza temprano. A los 10 años, mientras otros niños jugaban, él ya trabajaba. Su padre era panificador y, después de la escuela, le tocaba salir a vender pan y dulces, recorrer tiendas y cumplir con los clientes habituales. Era una rutina diaria que combinaba estudio y trabajo, algo común en esa época.

Entre el fútbol profesional y el andamio

A los 15 años llegó el fútbol. No como pasatiempo, sino como parte seria de su vida. Empezó en primera categoría y, a los 18, ya jugaba profesionalmente con el América de Manta. Era 1961, un año que recuerda con precisión: ese equipo se convirtió en el primer campeón del fútbol profesional de Manabí.

Comenzó como puntero derecho, pero una lesión de un compañero cambió su posición. Lo enviaron al mediocampo y ahí se quedó. «Por necesidad técnica», dice, como si aún estuviera dentro de la cancha.

El fútbol, sin embargo, no era suficiente para vivir. En esos años, nadie vivía del deporte; todos trabajaban. Él era oficial de albañilería. Su rutina era exigente: salía del trabajo, corría hasta el estadio Modelo de Manta —hoy Jocay—, entrenaba una hora y media bajo el sol del mediodía y luego regresaba a seguir con la jornada. Entrenaban a las 12 del día. Todos.

«No éramos profesionales de verdad», explica. Los dirigentes ayudaban a conseguir empleo a los jugadores. Era la única forma de sostenerse. Jugó hasta 1968 en primera categoría y luego continuó algunos años más en segunda, hasta 1972.

En ese tiempo enfrentó a equipos de Manabí y fue parte del crecimiento del fútbol local. Recuerda que el América estuvo cerca de alcanzar un título nacional en 1964, en una época en la que el torneo abría la puerta a lo que entonces se conocía como Copa de Campeones de América.

El lente del periodista y el guardián de la memoria

Después del fútbol, su vida tomó otro rumbo, aunque sin dejar del todo el contacto con la gente. En los años 80 empezó como fotógrafo y periodista. Trabajó en medios como diario El Sol y luego en Diario Manabita, donde permaneció cerca de dos décadas. No solo tomaba fotos: también redactaba, entrevistaba y cubría distintos temas.

«Antes uno tenía que hacer de todo», dice. Y en su caso, eso era literal. Le tocaba entrevistar a economistas, ingenieros y arquitectos. No había especialización; había oficio. Ser fotógrafo no era solo apretar un botón: era entender lo que estaba pasando. Cuando dejó El Diario, lo sintió como una pérdida personal, pero no se detuvo. Volvió a trabajar de manera independiente, retomó contactos y siguió fotografiando eventos, rostros y escenas de la ciudad.

Paralelamente, fue construyendo otra faceta: la de cronista. Esa inquietud nació, en parte, por influencia de su hermano Ramón Chávez, historiador de Manta; pero también por curiosidad propia. Conversar con la gente, escuchar historias y recordar detalles. Para él, la memoria no es algo abstracto: es una herramienta. «Hay que buscar lo que sirva», dice.

Esa idea también lo llevó a involucrarse en su barrio, el 4 de Noviembre. Durante diez años fue presidente del comité promejoras. Gestionó obras básicas como alcantarillado y canalización de aguas lluvias. También impulsó, mediante mingas, la construcción de una de las primeras canchas del sector, que hoy forma parte de un complejo deportivo más amplio.

Su vida, sin embargo, no se limita a lo que hizo, sino también a lo que recuerda. Hay episodios que, según él, no se han contado bien. Uno de ellos es el aluvión de 1953, que afectó gravemente a Manta y Tarqui.

Tenía 10 años cuando ocurrió y lo vivió de cerca. Recuerda cómo la fuerza del agua destruyó parte del puente que conectaba ambos sectores. Una estructura de hormigón que, según se decía, pudo haberse partido por el impacto de un rayo antes de ceder ante la corriente. «Eso no se cuenta», insiste.

La razón de su nombre viene de un general

Para Chávez, la historia no siempre está en los libros; muchas veces está en la memoria de quienes la vivieron. Su propio nombre también tiene historia. Nació en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Su padre leyó en la prensa sobre el general soviético Timoshenko, uno de los militares que resistió el avance nazi en la ciudad de Stalingrado. Le gustó el nombre y se lo puso a su hijo. Así, sin más.

A sus 83 años, Timoshenko Chávez sigue siendo eso: alguien que ha hecho de todo, que ha visto mucho y que todavía tiene claro qué vale la pena contar. Porque, como él lo entiende, la historia no es solo lo que pasó. Es lo que alguien decide no olvidar.

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